En esta época de esfuerzo intensivo, cuando acabar la jornada no significa dejar de trabajar, la falta de sueño nos acompaña. Postergamos la entrada en ese océano extraño y creemos ser dueños de todas nuestras facultades que tan bien manejamos en nuestro día a día.
Pero en algún momento, el sueño se va introduciendo en nosotros: dormir o no deja de ser una opción. ¡Qué indefensos nos sentimos entonces! No vale la fuerza, no vale el músculo, no vale la más poderosa voluntad, ni ser muy hombre o muy mujer. El mundo de las sombras nos invade por momentos, nuestro cuerpo vota por el abandono y sólo algo de la mente se mantiene en una lucha que está perdida de antemano.
Ha llegado el momento de dejar de ser y no hay nada que hacer. El dulce cabeceo se impone, la caída de los párpados se nos antoja el paraíso, el equilibrio abandona nuestra voluntad. Y el momento sublime de la inconsciencia acaba con todos nuestros quebraderos de cabeza, aunque sólo sea durante unos instantes...
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